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Pour citer cet article :
Rojas Urrego A. El adolescente en una sociedad violenta. Bobigny : Association Internationale d'EthnoPsychanalyse ; 2005. Available from : http://www.clinique-transculturelle.org/AIEPtextesenligne_rojas_sociedad
_violenta.htm

 

El adolescente en una sociedad violenta (1)

Alejandro ROJAS-URREGO *

A Mateo y Miguel

En la película del director francés Mathieu Kassovitz, intitulada « La Haine » (« El Odio ») (1995), una voz evoca en off las palabras de un hombre que cae desde un edificio muy alto : repite para sí mismo "hasta aquí todo va bien... hasta aquí todo va bien..." El comentario del narrador es incisivo y perentorio. Concluye : "Mas lo importante no es la caída, sino el aterrizaje".

Resulta innegable que la frase de la película encierra en su humor negro una dimensión terrible. Y sin embargo el aterrizaje supone un suelo y este último resulta en alguna medida tranquilizante : pone fin a la caída. En efecto, un final aterrador es preferible a un terror sin final. En nuestro país, en Colombia hoy día, tenemos la sensación de no cesar de caer. Es un poco como si, para nosotros, no sólo existiese la caída y hubiésemos terminado por perder la seguridad que brinda la superficie sólida de la tierra.

Las palabras de Kassovitz dan cabida a varias lecturas.

En el contexto de la película evocan seguramente la suerte de los hijos de inmigrantes, jóvenes marginales que en las afueras de la metrópolis, permanecen encerrados en un círculo de odio, sin acceso real a la Ciudad Luz cuya imagen hace soñar incluso a las gentes que viven en los lugares más distantes del mundo. Son a la vez sujetos y objetos del odio. Confrontados a los otros, a quienes odian en su diferencia y en lo que de ellos les resulta inalcanzable, son para estos últimos "los otros", esa alteridad que se hace odiar tanto cuando se atreve a salir del silencio y de lo no visible.

Pero, en un sentido más general, estas palabras podrían corresponder también a una cierta metáfora de la adolescencia de nuestros días. En alguna medida la adolescencia es una caída y el aterrizaje puede o no dar lugar a un ascenso, a un nuevo nacimiento. La caída que implica la desidealización de sí mismo y de los otros - en particular de los adultos - proceso en el cual movimientos contradictorios en los registros del amor y del odio van a surgir y a buscar encontrar un lugar en el cual hacerse manifiestos. El aterrizaje que se produce en el suelo que representa el mundo de los adultos y de los valores sociales, mundo contra el cual el adolescente choca y sobre el cual se apoya. El ascenso y el renacimiento , finalmente, que se derivan de la construcción por parte del adolescente de su propia subjetividad, en esa "aventura de la subjetivación" de la que nos habla Raymond Cahn (1997, 1998).

Caída - Aterrizaje - Ascenso constituyen en la adolescencia un proceso que incluye siempre una cierta dimensión de violencia. Pero esta última puede tomar el partido del no ser, del sinsentido, del destruir y de la muerte - fuerza que corresponde a la violencia propiamente dicha-, o del ser, del sentido, del crear y de la vida (Balier, 1997, p. 31-8) - potencia que prefiero designar en este escrito con la palabra agresión. La oposición entre las fuerzas de ligazón y de desligazón del sujeto desempeñan un rol determinante en este movimiento. Algo similar ocurre con el papel desempeñado por el entorno familiar y por el contexto sociocultural. Todos conocemos en tal sentido el peso de la realidad externa y del objeto en su realidad concreta, en el "espacio psíquico ampliado" del adolescente, según la expresión de P. Jeammet (1980).

Ahora bien, el mundo, de manera casi generalizada, ha cambiado radicalmente en el curso de estos últimos decenios y la caída generalizada se expresa hoy día en un malestar que no conoce ya fronteras. A este respecto, escribe A. Green (1997, p. 10) : « Hace unos meses, caí por casualidad en el marco de una lectura, sobre la expresión siguiente : "El malestar de esta sociedad sin Dios ni padres". Quise completar la frase y agregar : "y de este mundo sin fe ni ley". » En efecto, en nuestros días, están en crisis las funciones de autoridad, los padres, los valores, las ideologías, cuando no han caído en el total descrédito, mientras nuestras sociedades se debaten entre las contradicciones más extremas (Cahn, 1998, p. 193-202). « A la carencia de la capacidad, de valor paterno, para enfrentar y dominar al mundo, para comprenderlo y metaforizarlo, - anota Raymond Cahn - se añade la de personajes parentales concretos o de sus sustitutos sociales, percibidos como seres ordinarios, hombres sin cualidades - "nulos" según la expresión de muchos adolescentes-, cada vez más imposibilitados para reconocer y establecer límites, entre los sexos, entre las generaciones, entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso.» (Cahn, Ibid., p. 196).

En nuestro país se agrega a todo esto la inadecuación de los códigos requeridos para aprehender y enfrentar la realidad presente y una insuficiencia de los valores paternos sobre los cuales se funda una sociedad capaz de contener y limitar los excesos de la violencia. Como lo señala el escritor Fernando Vallejo (1994, p. 83) en su novela « La Virgen de los sicarios », llevada al cine por Barbet Schroeder : «en Colombia hay leyes pero no hay ley». En lo que a la fe se refiere, las palabras de Jorge Luis Borges (1975, p. 18) son aún de actualidad, un cuarto de siglo más tarde : « (Ser colombiano) es un acto de fe. »

En un país como Colombia, « la vida se ve constantemente interrumpida por actos de violencia. Se trata de una realidad intrusiva que fractura la manera en la que se quisiera vivir. » (D. Salcedo en N. Princenthal, 2000, p.13-4). La violencia y la muerte se encuentran no sólo en el horizonte, sino siempre presentes : hacen parte del paisaje , para decirlo de algún modo.

Esta violencia omnipresente, con los traumatismos y las múltiples restricciones que impone en la vida más cotidiana - una de cuyas expresiones privilegiadas es la amenaza constante que podría llevar a desaparecer al sujeto mismo o a las personas de su entorno aún presentes- se acompaña de consecuencias que se sitúan con frecuencia en el registro de la ausencia. La ausencia horrenda de los desaparecidos y de las víctimas de secuestro, por ejemplo. Pero se trata en tal caso de una "ausencia plena de presencia", cuya masividad la hace difícil de pensar. Deviene improbable en semejantes condiciones elaborar duelos y con frecuencia no logramos siquiera tejer una historia. En lugar de esta última podemos apenas reunir una serie de restos y vestigios sin vínculo manifiesto, una sucesión de imágenes sin esperanza ni de memoria ni de olvido, una serie de experiencias deshilvanadas en espera quizás, en el mejor de los casos, de poder ser narradas e inscritas entonces del lado de la vida. Lo vacío y lo demasiado lleno se reúnen muchas veces tanto en la vivencia como en su oposición común al trabajo de ligazón (Rojas-Urrego, 1998).

Nos preguntamos con frecuencia qué devendrán nuestros adolescentes colombianos, confrontados como están a una sociedad violenta, en el momento mismo en el que nosotros, los adultos - el supuesto suelo del aterrizaje y del final de la caída, los cimientos sobre los cuales podría apoyarse su ascenso- nos hallamos enfrentados a nuestra imposibilidad de aprehender la realidad violenta en su movimiento vertiginoso y, por consiguiente, a encontrar una solución que sea sólida y que resista. Con frecuencia, inclusive, tenemos dificultades para sobrevivir - mas no sólo en el sentido metafórico que presta D. W. Winnicott (1971) a este verbo.

La lectura que intento hacer de este problema en el presente trabajo, de la cual me limito a presentar tan sólo los principales puntos de referencia, tiene por marco tanto lo que A. Green (1997) denomina la « prueba de la cotidianidad», como mi trabajo clínico. Se trata por supuesto de territorios diferentes y de dos enfoques distintos, mas considero que existe un vínculo entre ambos, de carácter no lineal.

Resulta posible encontrar diversas trabas al proceso de subjetivación del adolescente confrontado a una sociedad violenta. Me limitaré en lo que sigue a evocar cuatro eventualidades, que por supuesto no son exhaustivas y cuyas características eminentemente descriptivas podrían servir como base, en una etapa ulterior, para profundizar esta reflexión. Sustentaré, para terminar, algunas hipótesis sobre la posibilidad que permanece abierta para que, a pesar de todo, nuestros adolescentes colombianos puedan devenir sujetos capaces de la apropiación subjetiva de sus pulsiones y de su propio cuerpo y - a partir de estos - de sus pensamientos y sus deseos, de su propia identidad, de su sí mismo y del mundo.

Frente a la violencia, el adolescente puede a su vez volverse violento. Esta primera posibilidad es por supuesto una evidencia. Es además aquella que ha sido hasta el día de hoy más evocada, frecuentemente sin una toma de distancia suficiente, en los contextos más variados : los medios de comunicación, la literatura, el cine, las artes, la sociología, el psicoanálisis. La repetición misma de la que es objeto - en los diferentes discursos y en la vida más cotidiana - termina muchas veces por transformar la violencia en espectáculo y por hacer del horror que le es inherente algo banal. Los mecanismos en juego en el adolescente que deviene violento en un contexto semejante son diversos y variados, aprehendidos de diferente modo según las teorías y los autores. Comprometen en todo caso tanto las identificaciones como la identidad, que son « prácticamente un solo y un mismo movimiento.» (Kestemberg, 1962, p. 15) Se trata a grandes rasgos, para las primeras, de la solución ofrecida por la identificación con el agresor , cuya ventaja más conocida sería la de transformar una posición pasiva, en la que la violencia es padecida , en la posición activa que otorga al sujeto la posibilidad de actuarla. Su desventaja más evidente sería en cambio la de que una identificación semejante es fuente de confusión entre sujeto y objeto, condición que se opone por esencia al trabajo de subjetivación. La violencia actuada sería, en tal caso, a la vez una identificación y una salida a la amenaza de fusión. Pero la dimensión perversa y en ningún modo diferenciadora de la circularidad se instaura : « La violencia perpetúa a la violencia » (Balier, op.cit., p. 35). Este recurso para el adolescente confrontado a la violencia corresponde igualmente a una búsqueda de identidad , en razón de la afirmación de sí mismo que supone : la violencia responde siempre a una amenaza de la identidad (Jeammet, Corcos, 2001). Sostuve en otro contexto (Rojas-Urrego, 2001) que el dolor podía ofrecer al adolescente la posibilidad de sentirse, de figurar a nivel del cuerpo el vacío impensable, última tentativa para mantener las fronteras desfallecientes, antes del colapso. El dolor sería algo suyo y él podría entonces ser alguien. Pero a las palabras bien conocidas de Fritz Zorn (citado por Pontalis, 1981), según las cuales « allí en donde duele, soy yo » , podría corresponder en el terreno de la violencia una paráfrasis : «cuando hago daño, soy ». En tales condiciones, herir y matar al otro son no sólo ya recursos para sobrevivir, sino para sentirse vivir, para sentirse existir y nos vemos entonces asediados « no (ya) solamente por la violencia, constatación banal, sino por el mal. » (Green, 1988, p. 397) El sentido presente en un comienzo perece poco a poco. Toda suerte de explicaciones y de razones - frecuentemente elaboradas por lo demás como defensa frente al sinsentido - pueden ser halladas al mal cuando éste se instaura gradualmente en la vida. Pero cuando se repite sin fin, como ocurre en numerosos adolescentes violentos, termina por proclamar « que todo lo que es carece de sentido, no obedece a ningún orden, no persigue ninguna finalidad, depende tan sólo del poder que puede ejercer para imponer su voluntad al objeto de sus apetitos » (Green, ibid., p. 399-400). Al tomar como punto de partida una violencia que buscaría defender la vida, no fuera más que la propia, los adolescentes corren el riesgo de caer en el territorio de la desligazón radical, del sinsentido absoluto, de la destrucción pura. El mal resultante carece de un por qué y se recorre un camino sin regreso.

La violencia de la realidad externa puede - y es ésta la segunda eventualidad - ser desmentida de manera más o menos masiva. Un manejo semejante supone la coexistencia de al menos dos realidades y de un Yo escindido (Freud, 1938a, 1938b). El sujeto adolescente llega a creerse ausente de la primera de estas realidades - la del territorio violento - y a pensar que la violencia es patrimonio de los otros. Se vivencia tan alejado de los excesos de la realidad violenta, tan presente y tan opresiva empero, que ésta termina por no existir para él, a pesar de las restricciones que le impone en la vida más cotidiana. En razón seguramente de tal exceso, se ve reducida al silencio y a lo no visible. La realidad traumática es así desinvestida de manera más o menos radical. La otra realidad - una construcción de la que toda violencia habría sido repudiada-, aquella en la cual el adolescente pretende moverse y vivir como sujeto activo, le permitiría permanecer puro, impoluto, en ningún modo contaminado por el mal. El adolescente reside entonces en un mundo a la vez mullido y sin consistencia. Esta posición, apoyada sobre renegaciones y escisiones, permite sin duda un cierto grado de adaptación, frente a una realidad poco susceptible de ser aprehendida y pensada, tan grande e intolerable es el dolor que conlleva. Pero se trata de una solución adaptativa cuyo precio es un ataque contra la ligazón, el pensamiento y la percepción (Bion, 1959), una amputación a la vez del sujeto y de su relación con la realidad. Zonas enteras de la mente, del mundo y de la articulación de ambos son excluidas y su integración se torna, de manera progresiva e imperceptible, una tarea sin esperanza de realización, al menos durante la adolescencia.

Una tercer posibilidad - que es de hecho una variante de la modalidad defensiva que acabo de evocar, aunque supone un grado menor de desmentida y de escisión-, es representada por un intento de colocar entre paréntesis el presente y, con éste, la adolescencia misma del sujeto. El adolescente parece entonces buscar suspender el transcurrir del tiempo y desplazar la vida tanto del lado de un futuro incierto e impreciso como de un espacio que se despliega siempre en otra parte. Se transforma en un exilado del mundo en espera de un nuevo exilio que lo devuelva esta vez a la vida. El "aquí y ahora" toman el sentido de lo contrario de la existencia - que no encuentra tampoco su lugar en el "allá y entonces" - sino en el allá y quizás mañana. Esta modalidad de funcionamiento es particularmente difícil de detectar y de transformar por cuanto se conjuga con la dimensión de promesa y de espera que la adolescencia conlleva habitualmente, con el riesgo empero esta vez de aburrimiento, de depresión, de ausencia de investiduras (Kestemberg, 1980, p. 145). La vida es sin embargo esperada - al menos en un comienzo - pero le parece ocurrir lejos suyo y la percibe como pertenencia y derecho de los otros. El adolescente se encuentra entonces en una posición de pasividad casi absoluta, tanto frente a sí mismo como al mundo. Sólo le resta esperar la venida de un Mesías - supuesto básico de apareamiento (Bion, 1961) - cuya función sería la de restituirle la vida. Un rol semejante puede ser llenado por una persona, un grupo o una ideología, aunque la mayoría de las veces es atribuido a un lugar : un pueblo vecino, la ciudad desconocida, la gran metrópolis y, sobre todo, otro país. Una esperanza semejante se suele ver defraudada pues se requiere llegar a amar los propios orígenes para poder construir una vida en el exilio y es difícil querer las raíces cuando la violencia lo obliga a uno a abandonarlas, cuando no a renegarlas. Los extremos representados por el rechazo de lo que será por siempre extranjero o, al contrario, la asimilación demasiado rápida en la nueva cultura, son las consecuencias frecuentes de un desamor semejante. Es legítimo preocuparse, en tales condiciones, por lo que será de un adolescente cuando el pasado lo aspira o lo rechaza, el futuro lo esquiva y el presente se le escapa y se le desvanece.

Una cuarta modalidad es la salida propuesta al sujeto confrontado a la violencia por la inhibición de su propia agresión. Conviene subrayar una vez más que la violencia de la que hablo, la que asedia en mayor o menor grado a quienes vivimos en Colombia, es una violencia mortal y no solamente no simbolizada ni susceptible de serlo. Se trata de una violencia concreta y no abstracta o metafísica. No representa un riesgo mortal : mata. Sin darnos cuenta del camino que comenzábamos a recorrer, y creyendo responder con pertinencia al horror cuyas dimensiones crecerían de manera vertiginosa, llegamos a prohibir a nuestros hijos - niños y adolescentes - el oponer cualquier tipo de resistencia a aquel que intentara desposeerlos o privarlos de un bien material. El argumento subyacente parecía irrefutable : más vale perder una posesión que arriesgar la vida. Pero nuestros niños - y con ellos buena parte de los adultos - llegaron a inhibir su agresión propia y a no saber ya defender lo que les pertenece. Esto se ha tornado tanto más inquietante por cuanto la inhibición se extiende progresivamente hasta cubrir otros sectores de la vida psíquica. Los bienes materiales son pronto reemplazados por los afectos, las ideas, los ideales, la identidad, todo aquello que constituye habitualmente a una persona completa y total. Del Tener nos deslizamos imperceptiblemente hasta el Ser y la manifestación más elemental de afirmación de existencia se vuelve susceptible de la misma amenaza. Múltiples confusiones se instauran así en el sujeto, siendo una de ellas - y no la menos importante- la que conduce a connotar negativamente toda agresión, a asimilarla a la violencia, olvidando que para construir se requiere destruir primero y que hay una agresión indispensable para ser y para crear. (Balier, op.cit., p. 31) La inhibición de la agresión violenta a la vida psíquica y sabemos que lo repudiado suele retornar con una intensidad renovada, como explosión o como implosión. Los extremos terminan siempre por reunirse y el círculo vicioso de la violencia se cierra de nuevo.

Las cuatro modalidades defensivas que acabo de evocar no son las únicas opciones posibles para un adolescente confrontado a una sociedad violenta. Cabría por supuesto considerar otras tantas. Quisiera sustentar sin embargo, y para terminar, que nuestros adolescentes colombianos logran frecuentemente, a pesar de las circunstancias, transformarse en sujetos vivientes y creativos. Me abstendré por supuesto de defender la hipótesis según la cual estaríamos en deuda con la violencia. La violencia no genera nada bueno. En efecto, según mi punto de vista, la violencia sólo genera violencia y esta última es sinónimo de destrucción pura. Por el contrario, estoy convencido de que la toma de consciencia de la violencia - y de la amenaza de muerte psíquica y física que hace pesar sobre nosotros - puede movilizar reacciones desde la orilla del ser, del sentido, del crear y de la vida, formas diversas de lucha contra la violencia. Son estas respuestas - y no la violencia - fuerza vital y fuente de cualquier esperanza.

Una primera reacción puede ser hallada en el par vida y muerte. Es posible constatar, en efecto, que la vecindad de la violencia y de la muerte induce frecuentemente, en el adolescente, la necesidad de un contacto imperioso con la vida. El exceso de la presencia de la muerte puede no solamente instalar a la muerte en el centro mismo del psiquismo del sujeto : determina igualmente como respuesta - con la amenaza de destrucción que conlleva - un incremento y un refuerzo de los deseos de vivir y de crear. Cuando la vida no es en ningún modo una evidencia, cuando no es un derecho adquirido por principio, se impone conquistarla, incluso y sobre todo si esto impone a la persona el correr el riesgo de perderla. Vemos en tal sentido muchas veces la presencia en nuestros adolescentes de compromisos vitales, asumidos como tales, de manera literal, que los impulsan a luchar contra la violencia y sus efectos. Se corre entonces un riesgo vital, por supuesto, de manera muy concreta. Pero una posición semejante se apoya sobre una constatación irrefutable : no hacer nada frente a la violencia es con frecuencia una opción aún más mortal.

Una segunda respuesta puede ser aprehendida en el par necesidad y satisfacción. Cuando las condiciones de vida son precarias, cuando las necesidades más elementales no son satisfechas por principio y las carencias son más la regla que la excepción, la búsqueda imperiosa de una transformación de las condiciones que se oponen a la satisfacción se vuelve una prioridad para el sujeto. Esta posición activa se apoya muchas veces sobre la convicción no sólo de la importancia del aporte de cada quien, sino sobre su carácter esencial, incluso vital, portador de una promesa de sentido tanto a nivel individual como colectivo.

Finalmente, una réplica a la violencia puede ser hallada en el par sí mismo - otro. En efecto, la misma realidad violenta que reduce a la impotencia o impulsa al actuar sin pensamiento puede igualmente, en razón de su presencia en la vida cotidiana, imponer la consciencia del otro. «La violencia y el horror obligan a percibir al Otro, a ver y conocer el sufrimiento de los otros. (...) Esta presencia se vuelve parte del marco, parte del aire que se respira. Está siempre con uno.» (Salcedo, op.cit.) Se requiere, por supuesto, de la capacidad para tolerar el dolor y para asumir las acciones que impone una toma de consciencia semejante : acciones no ya solitarias, sino solidarias.

Quisiera terminar este escrito con algunas anotaciones a manera de conclusión.

El adolescente confrontado a una sociedad violenta puede, por supuesto, perderse entre el movimiento vertiginoso inherente tanto a la adolescencia como a una sociedad convulsa. Mas puede también partir en búsqueda de una legitimidad y de una identidad que siguen siendo posibles. Tal y como intenté sustentarlo en lo que precede, su presente y su destino son indisociables de los nuestros. Vivimos todos, - niños, adolescentes y adultos - la misma historia y compartimos a la vez su desgracia y su esperanza. Cambian tan sólo nuestras perspectivas, nuestros vértices y las herramientas de las que disponemos para enfrentar la realidad. Las palabras de Albert Camus el 10 de diciembre de 1957, en Estocolmo, son aún hoy para nosotros de gran actualidad : requerimos forjar « un arte de vivir en tiempos de catástrofe, para nacer por segunda vez, y luchar posteriormente, con el rostro descubierto, contra el instinto de muerte que actúa en nuestra historia.» (Camus, 1957, p. 1073).

La violencia que nos asedia por todos lados, nos confronta como hemos dicho no sólo al horror, sino además al mal. Quedarán siempre, por supuesto, vivencias sin traducción posible, pero el intento de narrarlas, de hacer con ellas no una sucesión de restos y de vestigios sino un testimonio capaz de otorgarles un sentido, es con seguridad la única alternativa posible, la única apertura hacia la vida (Rojas-Urrego, 1999).

Pero un testimonio semejante supone siempre la presencia y la participación del otro. Ese otro puede encontrarse en los lugares y los tiempos más diversos : la familia, el grupo, el colegio, la universidad, la vida social, las relaciones entre los países, las sociedades científicas, la situación clínica, la obra de arte, el contexto de una conferencia, la lectura de un artículo. Se puede entonces y sólo entonces esperar una respuesta de parte de esa alteridad y la posibilidad de realizar - y de realizar sin descanso - acciones comunes « contra el terror y su arma incansable, a pesar de (nuestros) desgarramientos personales (...) » (Camus, 1947, p. 1474).

Con el otro, con ese otro, debemos - como lo propone Gabriel García Márquez - canalizar hacia la vida « la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia » (1994, p.16). La estirpe desgraciada del Coronel Aureliano Buendía, condenada a cien años de soledad (García Márquez, 1967), podría tener al fin una segunda oportunidad sobre la tierra.

BIBLIOGRAFÍA

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RESÚMEN

El adolescente en una sociedad violenta
Caída - Aterrizaje - Ascenso constituyen en la adolescencia un proceso que incluye siempre una cierta dimensión de violencia. Mas esta última puede orientarse ya sea hacia el no-ser, el sin-sentido, el destruir y la muerte, ya sea hacia el ser, el sentido, el crear y la vida. La oposición entre las fuerzas de ligazón y de desligazón del sujeto desempeña un rol determinante en un movimiento semejante. Lo mismo puede decirse de la función ejercida por el entorno familiar y el contexto sociocultural. Ahora bien, con frecuencia la violencia está presente en este último, a veces de manera masiva. Tal es el caso de la Colombia de hoy.

A partir de su "prueba de lo cotidiano" en tal país y de su trabajo clínico con adolescentes confrontados a la violencia, el autor busca abstraer cuatro modalidades de obstáculo al proceso de subjetivación inherente a este periodo de la vida. Su alcance logra trascender empero el solo contexto local y puede resultar pertinente para otras situaciones, en el allende.

El autor sostiene, para terminar, algunas hipótesis sobre la posibilidad que permanece abierta, a pesar de las circunstancias, para que los adolescentes confrontados a la violencia devengan sujetos vivientes y creativos. La toma de consciencia de la violencia y sus peligros y la lucha contra los desastres - y no la violencia - son la fuerza vital y la raíz de la esperanza. La participación del otro resulta esencial en una tarea semejante.

Palabras claves : Adolescente, Otro, Subjetivación, Violencia, Agresión.

ABSTRACT

The adolescent in a violent society
Falling - Landing - Climbing during adolescence are part of a process which always includes a violent dimension. But this dimension may be oriented either towards not-being, no-meaning, destruction or death or towards being, meaning, creation and life. The opposition between the subject's binding and unbinding forces play a key role in such movement. The same happens in the case of the function of the family milieu and the social and cultural context. Violence can be present in this context in a massive way. Such is the case of Colombia today.

Based on the "day to day test" in the country and on the work with adolescents confronted with violence, the author tries to abstract four modalities of obstacles to the process of becoming a subject during this life stage. The scope of these modalities might transcend the local sphere and be pertinent in other situations elsewhere.

Finally, the author presents some hypothesis about the possibility, always open in spite of the circumstances, of becoming creative and living subjects for the adolescents delaying with violence. Becoming aware of violence and its risks and struggling against disasters - but not violence- are a vital force and source of hope. The participation of the other is essential in such task.

Key Words : Adolescence, Other, Process of becoming a subject, Violence, Agression.

 

* Miembro Titular. Sociedad Colombiana de Psicoanálisis. Profesor y Director de Seminario. Instituto Colombiano de Psicoanálisis. Profesor Asistente. Facultad de Medicina. Departamento de Psiquiatría y Salud Mental. Universidad Javeriana. Carrera 14 No. 93 B - 29. Of. 408. Bogotá - Colombia. alerojasurrego@hotmail.com

(1) Versión parcial, traducida al castellano por el autor, del artículo publicado con el mismo título en la revista francesa de psicoanálisis L'Autre. Cliniques, cultures et sociétés, 2003, Vol.4, nº3, pp.383-393. Se reproduce aquí gracias a la amable autorización de su Directora, Profesora Marie-Rose Moro. Versión escrita a partir de la ponencia presentada en sesión plenaria en el Colloque International « Adolescences. Perspectives Cliniques d'ici et d'ailleurs », realizado en Juan les Pins (Francia) entre el 31 de Marzo y el 1º de Abril de 2001.