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© aiep - 31 mars 2006 - www.clinique-transculturelle.org



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Pour citer cet article :
Casas G. Curar a pesar de todo adolescentes en la calle. Bobigny : Association Internationale d'EthnoPsychanalyse ; 2006. Available from : http://www.clinique-transculturelle.org/AIEPtextesenligne_casas_curare
.htm

Traduction espagnole d'un texte publié in : Soigner malgré tout. Vol. 2 : Bébés, enfants et adolescents dans la violence de Thierry Baubet, Karine Le Roch, Dounia Bitar, Marie Rose Moro (Eds). Grenoble : La Pensée sauvage ; 2003. p. 153-66. (Titulo original en frances : « Adolescents dans la rue. Soigner quand même »).

 

Curar a pesar de todo adolescentes en la calle

German CASAS (1)

Programas destinados a jóvenes en situación de exclusión en Guatemala

Hemos trabajado con las personas excluidas de Guatemala desde 1982 , durante la guerra fuimos estigmatizados en el pasado por haber defendido a la población indígena y su derecho al acceso de atención a la salud. Hemos acompañado a todos los que volvieron después de haber pasado tiempo en los campos de refugiados en México, y particularmente hemos sostenido a las comunidades de resistencia pacífica, desde el establecimiento de su derecho a vivir en su tierra. Sin embargo, la necesidad de continuar trabajando con los que están excluidos y marginalizados en esta situación se evidencia.

Los niños y jóvenes de la calle son, entre otros, la población que constituye el objetivo principal de nuestra acción. En la ciudad de Guatemala, MSF trabaja, desde 1996, sobre un proyecto para los jóvenes habitantes de la calle que deambulan en los espacios públicos. En este proyecto, los adolescentes y niños de la calle vienen regularmente a la clínica médico-sicológica Tzite, cuyo nombre proviene de una palabra del idioma maya que significa “árbol de bienestar y de sabiduría (sensatez)”.

El proyecto Tzite, joven de la calle, que MSF ha establecido en el terreno urbano de la capital de Guatemala, se dirige a las necesidades medicas y psicológicas de los niños de la calle que tienen entre 16 y 25 años. Este proyecto es la continuidad de otro más antiguo llamado “Rescate”, el cual se mantuvo durante 3 años con la cooperación de una ONG local.

Estas organizaciones nos daban un aproximado de entre 1000 y 10000 niños viviendo en las calles de Guatemala, cifras que parecen aberrantes para un país de 12000000 de habitantes. Conocer el número de estas niños y jóvenes es realmente difícil, pero era claro que existía una población en aumento de jóvenes de la calle, que están establecidos de manera permanente e intermitente (1).

Cerca del 98% de estos jóvenes consumen drogas; el consumo más común es la inhalación de solvente, la cual se ve mucho entre los jóvenes habitantes de la calle en algunas partes del mundo.

El consumo de Crack y de mariguana se ve igualmente con frecuencia y desde hace poco la heroína las cuales aparecieron con un desarrollo rápido de consumo. En general, el estado de salud física de estos jóvenes es muy preocupante. Muchos experimentan problemas debido a su misma situación de calle : enfermedades a causa de la ausencia de higiene, desnutrición, ITS, traumatismos físicos, accidentes durantes los momentos de intoxicación o después de maltratos, particularmente torturas de la policía o escuadrones de limpieza social. La mayoría de las instituciones que trabajan con estos jóvenes en las calles de Guate se enfocan al segmento de los más pequeños, los más grandes estan generalmente abandonados, como si todas las instituciones querían trabajar con el “pobrecito abandonado, vulnerable y desgraciado”, olvidando lo que se vive en la calle, con el joven que ha crecido en la calle muestran su fracaso. Para ellos “el joven ha decidido vivir en la calle, no fue a una casa, no acepto las proposiciones que le hicieron y por ello continua viviendo en la calle solventeandose, robando para tener droga y destruyendo la bella imagen de la ciudad”.

Después de 3 años de funcionamiento del programa Recate, MSF decidió empezar su nuevo programa para los jóvenes marginados y sin protección que conocemos desde su infancia. El equipo esta integrado por una psicóloga expatriada, un psicólogo local, un médico local, una enfermera local, responsable de terreno expatriado, dos educadores locales, un vigilante y un piloto. Este equipo se ocupa diariamente de las consultas médicas y psicológicas y hacen un trabajo en la calle día y noche : se trata de contactar e informar a los jóvenes de la existencia de la clínica y de curarlos. La clínica Tzite pretende ser conjuntamente un espacio físico en la ciudad y un espacio psíquico en el mundo interno de los adolescentes de la calle.

El espacio físico se ubica en el centro de la ciudad de Guatemala, una vieja casa con estilo español tradicional, que ha sobrevivido a dos terremotos. Esta se sitúa en el centro de la concentración más importante de jóvenes de la calle de Guatemala, este es un espacio que ellos reconocen bien, una casa puntual, un lugar de visita agradable en donde encuentran un grupo de personas que quieren ayudarlos, ofreciéndoles atención médica y psicológica para que se sientan bien y para establecer una relación adecuada con ellos.

La existencia de niños que viven en la calle no es un fenómeno reciente. Diferentes estudios afirman que la existencia de estos niños, sin domicilio y sin familia, nace a partir de la revolución industrial. No obstante, el concepto moderno de “niño de la calle” nace en la América Latina a mediados de los años 60, con características particulares.

La sobrevivencia en un medio hostil implica resistencias de la sociedad, conlleva riesgos importantes, como el consumo de sustancias psicoactivas, conductas de riesgo repetitivas, etc. De hecho, crea una voluntad de parte de las instituciones, de encontrar soluciones rápidamente para “devolver a estos niños” a su casa, o de ofrecerles una.

El problema no es sencillo. No se trata de construir una casa para aquellos que no la tienen. Este método no es funcional en el mundo latino americano, porque es evidente que el problema de los niños de la calle no está producido por una falta (carencia) de casas. Si la solución fuera la de proporcionarles una casa, un lugar sustitutivo, el problema ya no existiría desde hace más de 20 años. La cuestión es más profunda y tiene que ver con el rol de cada que cada persona tiene en su familia, en la sociedad a la que pertenece. Estos niños, que pertenecen a familias en donde la interacción con la sociedad no es armónica, son negados y mal llevados por esta sociedad, que es injusta con sus miembros más desfavorecidos.

Volverse niño de la calle permite pertenecer a un grupo determinado y en cierto modo reencontrar una identidad, aunque sea precaria. Estos niños provienen en general de familias pobres, en las que el sufrimiento y el maltrato son frecuentes. Generalmente salen de sus casas huyendo, pero esta huida no es en lo absoluto una huida adolescente, un pasar a la acción.

Estos niños huyen de rol que no les pertenece y que no quieren jugar. Huyen de la pobreza, de la injusticia y por ello eligen la calle, ya que en este fenómeno, particularmente en Guatemala, la calle siempre es una opción, a veces la mejor. Generalmente, estos niños no son expulsados a la calle, son ellos los que eligen marcharse de sus casas.

La calle : un espacio continente

¿ Qué significa el espacio de las calles para un joven en Guatemala ? ¿, ¿ Por qué es tan atractiva ?

La calle es un espacio de donde todo es posible. La calle significa una vida desprovista de amenazas permanentes de un padre que castiga y es un lugar donde la temporalidad esta modificada y donde se puede ser adulto de forma más rápida. En las calles está el placer de los inesperado, de lo oculto, de la libertad y de la esperanza. En las calles el tiempo se detiene, es el no-futuro, solo existe el presente. La calle representa para el niño de Guatemala una ventana de posibilidades, en donde su mirada limitada encuentra promesas de aventuras y satisfacciones que una vida familiar llena de frustraciones e injusticias no le ofrece. En la calle está el dinero, un dinero que incluso sus padres no pueden imaginar. También es el lugar en que enfrenta a la muerte, en donde se puede jugar con elle, incluso a veces, vencerla. Precisamente esto constituye una Gratificación Narcisista para un adolescente de la calle, una satisfacción demasiado importante para dejarla pasar.

Por este motivo, los programas que proponen una casa para estos niños simplemente fracasan. Si se construyeran casas con el capital disponible de los programas dirigidos hacia los niños de la calle, se podría construir una ciudad con servicios públicos de calidad y una casa para cada niño. Así lo ha demostrado Isaza en su teoría “La calle de los Niños” (Isaza, 1991) en donde se afirma que el problema no está ligado a condiciones económicas ni a la ausencia de una casa para vivir. El problema no concierne a la casa “Exterior”, concierne a la casa “Interna”.

La cuestión con los niños de la calle, al menos en América Latina, no es en términos de construcciones de ladrillos y cemento, ya que precisamente esto es loa que ellos mismos rechazan. La cuestión versa sobre una “Reconstrucción Interna”, una casa interior donde vivir, o sea un mundo interno.

La hipótesis por la cual la calle se convierte para estos niños y jóvenes en un espacio continente de alguna cosa es psicopatológicamente interesante. Los niños, desde que nacen, comparten espacios. La existencia, desde el punto de vista de la estructura física, es una transformación continua del espacio. Nacemos en un espacio vital, en el vientre materno. El primer espacio relacional en el ser humano es a la vez propio pero extraño; es un espacio confundido entre la madre y el feto, un único espacio. No obstante, es una continuidad de espacios corporales a partir de la cual nacen los procesos de interacción precoces, que hoy conocemos bien. La existencia de esta interacción antes del nacimiento es hoy por hoy campo de estudios y discusiones.

Consideramos que el espacio materno y el espacio futuro del niño constituyen un único espacio, en donde la calidad de uno influye en la del otro. Padre y niño se fundo en un intercambio de espacios que terminan con la consolidación de espacios propios al momento del nacimiento. Es a partir de este momento en el cual el niño debe de habitar su propio espacio. El crecimiento, en términos de existencia física, no es otra cosa que la transformación del espacio externo, en donde existe una agrupación de fragmentos, que son depositados en el espacio interno.

El desarrollo psíquico del niño se puede entender como un proceso fundado en la adquisición de fragmentos del espacio externo hacia el interno, hacia el espacio propio del mundo intrapsíquico. No obstante, el niño pequeño, desde su primera infancia, reconoce su espacio en el medio en que habita. Es ahí donde existen miles de objetos con los cuales interactúa a través de la modificación de espacios propios y extraños. Cuando a un niño le toca su madre, lo abraza y lo alimenta, el cuerpo de la madre modifica el espacio corporal del pequeño, quien a su vez modifica los limites corporales del medio espacial de la madre. Estos diálogos entre continente y contenidos son fundamentales para la construcción de un mundo interrelacional, en donde las interacciones entre espacios, contenidos, símbolos y sentimientos estructuran las relaciones sociales.

El primer espacio que un niño reconoce es su propio cuerpo. El cuerpo es reconocido como un espacio del mundo, pero también como un continente del espacio. Ciertos estudios suponen que el niño antes de los 15 meses es capaz de reconocer un espacio interno corporal y un espacio interno en el cuerpo que le es extraño, particularmente el de su madre. El espacio que lo envuelve, como productor de sensaciones, es reconocido como tal. Hacia los 20 meses, el niño debe reconocer un espacio familiar, un habitáculo, una casa “propia” y de los suyos. El reconocimiento de un espacio externo al suyo y de un espacio familiar aparece en las culturas accidentales urbanas hacia los 20 meses de vida. A esta edad, el bebé es capaz de reconocer un exterior físico, un espacio común y propio, una especie de espacio de transición, según términos de Winnicott(1971), que afirma que este espacio constituye el sustrato que forma la conciencia de un espacio público.

De puertas para afuera, existe un largo espacio donde todo es posible. De puertas para adentro hay un espacio familiar propio y cercano. A partir de esa edad, los niños empiezan a reconocer en el espacio estas dos divisiones diferentes :

La interna y la externa, la propia, la familiar y la externa, lo extraño, lo desconocido. No obstante, la primera noción de reconocimiento de este espacio extraño también es una fascinación. El espacio desconocido es a la vez tan inesperado como esperado. Fuera no existe orden familiar, ni rutinas ni rituales. No existe un tiempo específico durante el cual transcurren acontecimientos. Los niños crecen con una fascinación hacia el mundo exterior, y allí, afuera, existe la calle. Aquí, cercano en el interior, existe lo propio, lo interno, lo familiar.

Esta primera distribución del espacio físico externo, entre lo de adentro y lo de afuera, origina una primera noción y una representación de la calle. Por ende, la calle es precisamente eso, todo lo que no es un espacio cercano y familiar, una casa.

La casa aparece como algo conocido, que es previsible y continente, un espacio en donde vivir. Lo de afuera queda como un espacio ilimitado y dinámico, confuso y lleno de posibilidades. Las interacciones sociales se pueden describir como un conjunto que comprende las interacciones intrafamiliares y las extrafamiliares.

La función continente del espacio familiar asegura el equilibrio de las interacciones entre sus miembros. La existencia de niños de la calle, particularmente aquellos que salen de su hogar a edad temprana en Guatemala, da prueba de un fallo en la función continente del espacio familiar, intra y extrapsíquico. Esta fallo se puede explicar de dos formas :

En un primer caso, las interacciones familiares se vuelven patológicas para uno de sus miembros, el cual, buscando protección, pone a prueba la función continente alejándose del espacio físico familiar. Si este distanciamiento no provoca cambio, se va hacia la calle para buscar este continente.

La otra explicación es que los límites de la estructura continente son demasiado permeables y permiten el flujo constante de elementos de afuera y de adentro hacia su interior., tal como los niños que salen de su casa debido a malos tratos. O también cuando las estructuras familiares son muy diversas y cambiantes, padres y niños entran y salen del sistema familiar, los roles cambian y no hay estabilidad, como en el caso de desplazamientos de población.

Cualquiera que sea la causa, los niños salen de su casa a temprana edad. La calle representa un espacio común. Cuando el continente familiar, primer espacio continente, fracasa, el niño se va al exterior, al espacio público. El niño de la calle se integra en el espacio público y busca esta función continente que no ha encontrado en el espacio familiar. No obstante, el espacio público no es propiamente un espacio continente, al menos, no sustituye esta continencia, que debe estar garantizada por el primer espacio. Así, entre más joven es el niño que sale de su casa, más grande es la posibilidad de destructuración de su aparato de relación y de sus interacciones. En la calle, la noción del tiempo esta perdida, se impone el presente, la necesidad de sobrevivir. Los niños crecen con satisfacciones parciales en su vida de dolor. Sobreviven, tienen que aprender a vivir en la calle, tienen que aprender a sobrevivir y crecer. En términos relacionales, esta ruptura con el espacio de contenido y esta búsqueda de contención en el espacio abierto es el origen de la destructuraciòn del aparato relacional que se evidencia en la adolescencia. No tener espacio, pero afuera, reconocer en el espacio exterior el contenido, implica un riesgo de destructuración en las relaciones con otros, riesgo que se ha constatado con los jóvenes de la calle.

La pérdida de un espacio protector durante la infancia y el reconocimiento de este espacio como amenazador, provoca la huida, el escape, que se entiende más que como una simple fuga.

En las entrevistas, el 87% de los jóvenes refieren que se fueron a la calle porque no querían vivir en su casa. Son los malos tratos físicos y psicológicos que se repiten y aumentan antes de los 6 años. En otros términos, casi todos los jóvenes que vienen a nuestras consultas no hacen distinción del espacio interior a una edad durante la cual es necesario para afrontar el espacio externo.

Tenemos que reconocer una opción legitima en esta elección : Salir para protegerse del peligro patológico que existe adentro. Eso es el paradigma del desarrollo de las relaciones interpersonales y de las interacciones. Sin embargo, reconocer esta opción implica crear estrategias de atención, de interacción y de cuidados en el ambiente hostil en donde viven. En términos de psicología social, esta opción marginal, paradójica y contradictoria con el instituido y lo “normal” implica varios movimientos :

El primero movimiento es negar. La sociedad niega y separa a los niños de la calle. Una de las principales acciones de testimonio actual en Guatemala, es la denuncia de los “grupos de limpieza social”, directamente o a través de otras ONGs sostenidas por MSF. Estos grupos matan a los jóvenes de la calle para “liberar a la sociedad honorable de la delincuencia”. Actuar con golpes dados por “voluntarios” o policía, arrestos ilegales. Desapariciones y atentados a los derechos humanos de la persona.

¿ Pero cómo reconocer su opción sin caer en el proteccionismo ? ¿ Cómo proteger sus derechos sin crear segregación ? ¿ Cómo producir opciones de vida para estos jóvenes que viven todos los días con la muerte ?.

¿ Qué es curar ?

MSF entendió rápidamente este paradigma. El programa Rescate y el trabajo con organizaciones cercanas y locales se ha aprendió mucho.

En este sentido la acción de MSF no se cambió por asistencia paternalista de otras instituciones, al contrario, quizás iniciar dentro del grupo de organizaciones que se ocupan de estos niños y jóvenes un trabajo de concertación y de coordinación interinstitucional. MSF apoyó también una opción. Es una opción de respeto de la dignidad humana de los jóvenes de la calle, privados de sus derechos y de sus necesidades, olvidados por el estado y otros factores protectores. Esta opción se dirige a los más excluidos de los excluidos, pero es una opción que reconoce a la vez el derecho humano a la libre elección y pues no busca no-inserción rápida y a toda costa. No buscamos una rehabilitación (nos preguntamos si los niños de la calle pueden realmente rehabilitarse, se evidencia que son muy hábiles para sobrevivir), buscamos consolar, aliviar y curar. Buscamos ofrecer un espacio físico que integra los elementos positivos de un espacio psíquico.

La clínica Tzite, como el árbol de donde proviene su nombre, es un espacio de flujo de sentimientos, donde se organizan los pensamientos y se fabrican sueños. En el espacio de la clínica, dentro de la ciudad, el ambiente es tranquilo y bonito, lleno de vitalidad y trabajamos por la pulsión de vida. Cada acción de nuestro equipo, cada acto médico, cada atención de enfermería, cada sesión de grupo educativo o cada sonrisa del vigilante cuando abre la puerta cada mañana, es un acto terapéutico.

Cuando van regularmente a la clínica, los jóvenes construyen un mundo interno un espacio psíquico. Pudimos constatar como los que empezaron a cambiar, a minimizar sus riesgos y a fortalecer sus procesos de vida, son los que hacen más interacciones con miembros del equipo. Un día, por ejemplo, hemos constatado, con alegría, los deseos de ciertos jóvenes de forma una familia. Nos consultaban por cuestiones familiares, contaban sus proyectos y mostraban que podían ahora tener una mejor percepción del futuro.

La guerra del joven de la calle es doble : La primera es una guerra contra la sociedad que los niega, los marginaliza, los pone delante del peligro, de la muerte; otra guerra es contra los peligros internos, contra sus deseos, sus temores y su sufrimiento. La manera más fácil de aliviar los sufrimientos es la droga. El consumo de sustancias psicoactivas es una característica de la mayoría de niños y jóvenes de la calle. Nuestras estadísticas muestran que los niños empiezan pronto la inhalación de Whipe o la pacha, nombres que provienen del idioma maya para definir el seno materno y en particular su función calmante. La pacha es al mismo tiempo el seno materno, su función calmante, la parte de tela que contiene el alimento, las sensaciones de bienestar y calma. Es difícil cambiar este consumo en un país productor y que vende sustancias. Sin embargo, hemos trabajado en la organización de dispositivos médico-psicológicos que se proponen ayudar a todos los que se proponen dejar la droga. Este protocolo de atención, difícil de aplicar a esta población, empieza a dar algunos resultados interesantes y constituye una proposición de acción para organizaciones locales y gubernamentales.

Intervenir durante “las guerras silenciosas”

Los principios del derecho a la asistencia humanitaria, que figura en la “CARTA DE MSF”, incluyen la consideración de las necesidades en salud mental de las poblaciones y de las personas. El trabajo en Tzite se inscribe en esta dinámica. Guatemala ya no es un país en guerra, pero el numero de jóvenes que mueren en circunstancias violentas es más importante que los que estaba durante el combate de montaña. Vemos ahora una guerra de sobrevivientes, desarmados, una guerra de injusticia social que jamás se declaró pero que no termina y que por ella no existe ningún tratado internacional ni fuerza de paz.

A través de este proyecto, MSF interviene en estas guerras no declaradas, no mediatizadas, sin fin; las guerras silenciosas de la injusticia, del dolor psíquico y del abandono. Hemos construido para estas guerras el árbol de Tzite y estamos aprendiendo de su sabiduría y de su esperanza y eso gracias a la incursión de todos, expatriados y locales, aquí y en parís. También hemos aprendido mucho de la participación de los niños, que siempre han mostrado interés para el desarrollo de este programa. Estos jóvenes, a pesar de las resistencias y las reticencias que muestran necesitan más que nunca de estar ayudándolos, acompañados y guiados para que los reúnan en un deseo de vivir, que va más allá de una necesidad de sobrevivir.

(1) No se podía confiar en las estadísticas de algunas organizaciones locales y gubernamentales que buscaban la mediatización de este fenómeno con un objetivo lucrativo de búsqueda de subvenciones para sus programas.